Ensayo a la Pureza (2nda parte)
Continuando con el tema de la pureza, en este escrito quiero desarrollar algunas ideas especialmente dirigidas a mis hijos, a los jóvenes y a los adolescentes.
Cultivar la pureza del corazón es custodiar nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro espíritu. Cuando somos conscientes de que tenemos un alma, aprendemos a honrarla, a nutrirla y a amarla. Por eso es fundamental reconocer su existencia y ofrecerle un alimento diario: la Palabra de Dios, música que agrade al Espíritu Santo, lecturas edificantes y conversaciones con propósito. Ese trabajo silencioso que realizamos cuando nadie nos ve es el que desarrolla la verdadera belleza de la persona y sostiene nuestra dignidad.
Fortalecer el alma y volverla noble exige atención: tanto a lo que permitimos que la alimente como a la manera en que tratamos a los demás. Por ejemplo, una persona con un corazón puro —o que desea tenerlo— no debe ilusionar a otro si no tiene intenciones serias de construir un futuro con él o con ella. Hoy encontramos quienes actúan movidos por la vanidad: aun sabiendo que no ven un futuro, juegan con los afectos del otro para sentirse admirados o alimentar su ego. Pero nuestra autoestima debe provenir directamente de Dios. Debemos enfocarnos en cuidar al prójimo: no encender ilusiones que no pensamos sostener ni provocar confusiones que puedan herir. La caridad no consiste solo en dar, sino también en no tomar aquello que no estamos dispuestos a cuidar.
Construir un alma noble requiere esfuerzo: ser honestos, ser claros, actuar con pudor, y procurar que nuestras palabras y nuestro trato con el prójimo tengan como propósito ayudar, servir y sembrar lo bueno.
Es importante comprender que, aun con estas intenciones, nos encontraremos con personas que buscan únicamente lo suyo. Sin embargo, eso no debe cambiar nuestro corazón. Estos desafíos forman parte de la vida, pero nosotros debemos proteger la pureza del alma y resistir. No podemos permitir que nadie nos robe la capacidad de mirar el mundo con nobleza. Pueden herirnos, sí, pero incluso esas heridas Dios las transforma en crecimiento y fortaleza interior.
Y recordemos: no es con nuestras propias fuerzas. Solo lo lograremos cuando permitimos a Jesús entrar en nuestro corazón y pedimos al Espíritu Santo que nos conceda su fortaleza divina.
Si quieres conversar más sobre este tema, escríbenos. Estaremos felices de acompañarte.
MG
Para profundizar: (1 Juan 1:7; Tito 2:14; Lucas 3:8, Mateo 5:8; 1 Timoteo 5:22; Romanos 10:3; Salmo 119:9; Filipenses 4:8)
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