15 minutos de conversación

"No toma mucho tiempo saber donde está el corazón de un hombre. En quince minutos de conversación con la mayoría de los hombres, usted puede saber si sus tesoros están en la tierra o en el cielo." (D.L. Moody)

Vivimos en una época en la que el amor al poder y al dinero parece haberse convertido en un principio rector de la vida humana. No son pocos quienes están dispuestos a transar su conciencia con tal de obtenerlos, sin cuestionar el origen de aquello que acumulan, aun cuando provenga de la corrupción, del crimen organizado o de otros ilícitos. Este fenómeno no es nuevo. A lo largo de la historia, la humanidad ha buscado reiteradamente sostener que el fin justifique los medios, incluso cuando ello ha significado el sufrimiento y la deshumanización de otros. Hemos sido capaces, como especie, de esclavizar a nuestros semejantes si con ello se aseguraba la supremacía de unos pocos sobre muchos. 

En la sociedad contemporánea, marcada por complejos escenarios sociopolíticos y económicos, pareciera haberse normalizado una suerte de “democratización” del acceso a recursos ilícitos. Ya no se trata únicamente de élites cerradas, sino de una tentación extendida, accesible y, en muchos casos, socialmente tolerada. Vivimos expuestos en vitrinas digitales donde el valor de la persona se mide por lo que posee, por lo que consume, por su nivel de influencia, productividad o reconocimiento. La mirada se empobrece y se reduce a lo inmediato, a lo visible, a lo efímero, olvidando aquello que no se puede exhibir ni cuantificar.

Este texto se inspira en una reflexión atribuida a D. L. Moody, cuya vigencia resulta hoy innegable. Bastan quince minutos de conversación para intuir si una persona piensa en términos de corto o de largo plazo. Basta escuchar con atención para descubrir aquello que verdaderamente orienta su vida. En ese breve intercambio se revela, casi como una radiografía del alma, lo que ocupa el centro de sus deseos y preocupaciones. No es cuestionable el anhelo de trabajar, de producir o de generar ingresos de manera honesta; el verdadero conflicto surge cuando ese propósito se convierte en el único horizonte y se pierde toda referencia a lo trascendente. En ese punto, las convicciones comienzan a erosionarse. 

Tener una mirada de largo plazo implica comprender que nuestra existencia terrenal, incluso si se extiende ochenta o cien años, no es más que un tránsito breve. Hay una dimensión eterna que supera con creces este paso fugaz y que, precisamente por su permanencia, merece una atención prioritaria. Cuando el corazón asimila esta verdad, no renuncia al esfuerzo ni al trabajo, pero sí reordena sus prioridades. Las conversaciones dejan de girar exclusivamente en torno al éxito material y comienzan a habitar territorios más profundos, más silenciosos, más invisibles. El otro —el prójimo— deja de ser un medio y vuelve a ser un fin en sí mismo. 

Tal vez el desafío de nuestro tiempo sea motivar a colocar los tesoros en aquello que no se ve, en lo que no se compra ni se exhibe, pero que sostiene la dignidad humana y da sentido a la vida. 


MG





Comments

Anonymous said…
👏👏👏👏👏

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