The sun always shines on TV: la ilusión de las pantallas
A-ha es una de mis bandas noruegas favoritas. Famosa por el icónico video de Take On Me, es en realidad una banda mucho más profunda de lo que suele recordarse. Su mayor éxito, lanzado en 1985, fue también una especie de anticipo cultural de algo que hoy vivimos plenamente: la conexión que se puede dar desde lo digital hacia la realidad.
La canción fue un fenómeno mundial. Pero más allá de su innovación visual, siempre he pensado que su verdadero poder está en lo que sugiere emocionalmente. Sus letras conectan con uno de los deseos más profundos del ser humano: ser visto por otro. Ser aceptado tal cual eres. Dos infancias que se reconocen y se abrazan. Ser realmente observado en todas tus dimensiones, no solo en las más valoradas o luminosas, sino también en esas capas mas ocultas y oscuras que pocas veces mostramos. Pero que son reales. Así sea por un tiempo efímero. Es lo más cercano que podemos experimentar en la tierra al amor de Dios: la posibilidad de ser amados tal como somos, con nuestras fortalezas y nuestras debilidades.
El video es una metáfora poderosa. Ella está tomando un café; un personaje de cómic le guiña el ojo y la atrae. Al principio duda de lo que está ocurriendo, pero pronto él logra convertirla en un dibujo. Ella logra escapar de ese universo ilusorio, y finalmente el protagonista rompe la barrera entre el mundo ilustrado y la realidad para estar con ella, convirtiéndose en un ser humano de carne y hueso.
Pero luego la banda, como seguimiento y continuación conceptual del primer video, lanza The sun always shines on TV. Recuerdo que la escuché en mi adolescencia y me impactó profundamente. Incluso entonces sentía que describía algo muy real: un mundo que ya en los años ochenta se percibía profundamente superficial.
Tal vez lo entendí porque lo vivía. Recuerdo las reuniones familiares, la fotografía perfecta, la imagen que parecía correcta hacia afuera… mientras por dentro la familia estaba quebrada y terminaría disolviéndose años después. Veíamos comerciales de cereales con familias felices, pero en mi casa esa no era la realidad.
Y entonces A-ha vuelve a anticipar algo como una especie de nueva profecía. La canción plantea que lo que aparece en televisión no es la vida real. Lo que vemos es lo que los medios —y muchas veces el poder— quieren que creamos: vitrinas cuidadosamente fabricadas de felicidad y éxito, historias editadas para la pantalla que rara vez muestran su verdadero trasfondo. Hoy esa idea es aún más evidente. Podríamos decir que el sol siempre brilla en Instagram, X, TikTok o Facebook.
De pronto, pareciera que a la sociedad solo le importa brillar en esas pantallas. Vemos familias perfectas, fotos hiperproducidas, vidas cuidadosamente curadas, narrativas políticas y religiosas fabricadas. Existe una necesidad constante de contar todo lo que se hace, porque si no se publica, es casi como si no hubiese ocurrido.
Ayer un buen amigo me envió un video desde un concierto de una de mis bandas favoritas. En la grabación se veía a la persona frente a él mirando el espectáculo… a través de la pantalla de su celular, a pesar de tener el escenario justo enfrente. No estoy en contra de grabar momentos ni de compartir recuerdos. Pero sí me preocupa cuando registrar la experiencia se vuelve más importante que vivirla. Cuando lo que publicamos deja de ser coherente con lo que realmente sucede dentro de nuestros hogares, relaciones, familias. Cuando la validación externa pesa más que la verdad interior.
Más importante que aparentar éxito, mostrar una familia de revista o acumular “likes”, es vivir una vida auténtica. Y eso es algo que solamente conocemos nosotros mismos. Eso exige redefinir lo que entendemos por éxito y sostenerlo con coherencia e integridad, incluso cuando parece que nadie está mirando. Debería bastarnos saber que Dios lo está viendo.
Por eso quisiera que más personas volvieran a escuchar esta canción y reflexionaran sobre la distancia que existe entre la realidad y la ilusión. Porque esa brecha no deja de ampliarse. Las pantallas llegaron para quedarse.
La letra de la canción habla de decepción, de apariencias engañosas, de las incoherencias, de aquello que parecía real pero no lo es en el fondo. En ese contexto, la televisión —hoy podríamos decir las pantallas— aparecen como un refugio para evitar enfrentar el dolor, las heridas o las preguntas incómodas. Un escape que, a la larga, también nos impide sanar. Y eso es justamente lo que parece estar ocurriendo: una sociedad que prefiere mostrarse perfecta antes que mirarse honestamente a sí misma.
El video retoma la historia justo donde terminó la anterior, pero ahora en un cementerio, un escenario que simboliza el final y el duelo entre los dos. El tiempo del idealismo ha quedado atrás. Filmado dentro de una iglesia gótica, transmite una profunda sensación de soledad. Los maniquíes, el silencio, la estética espiritual hablan de personas con un vacío difícil de llenar con ritos, religiosidad o apariencias. El protagonista ya no está en un mundo de fantasía como en Take On Me; ahora está en la realidad, con su dolor y su desilusión, incapaz de encontrar consuelo en el mundo terrenal que lo rodea.
Ese descubrimiento también me llegó a mí durante mi adolescencia: entender que nada en este mundo, por sí solo, puede llenarnos completamente. Que nuestra estancia aquí es pasajera. Venimos sin nada y nos iremos sin nada, salvo lo que llenemos en el alma y quizás nos llevaremos las memorias. Para mí, la única plenitud real proviene de una relación auténtica con nuestro Creador. Y no hay pantalla capaz de transmitir algo así. Porque publicar frases espirituales, mensajes de fe, tatuarse versículos y mostrarlos en redes sociales, tampoco es garantía de una relación real. Pero tampoco por eso nos podemos permitir juzgar. Finalmente, solo Dios ve realmente lo que hay en el corazón.
Las nuevas generaciones enfrentan un desafío aún mayor. Quienes somos padres —o aquellos que algún día lo serán— tenemos una gran responsabilidad: enseñarles a nuestros hijos que lo que aparece en las pantallas no siempre es la realidad. Que la vida no se mide en publicaciones, sino en profundidad. Que aprendan a mirar hacia adentro. Que no son lo que publican, sino lo que son en esencia. Que no crean en todas las narrativas políticas o religiosas porque a veces responden a una oscura agenda. Que sus pasos estén guiados por la coherencia, por la verdad. Que su refugio y discernimiento esté en Dios. Que su mirada esté en lo eterno.
MG
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