El testimonio -ilegal- de María Magdalena (en una corte)
Durante esta Semana Santa, recogí mi corazón hacia Él. En medio del silencio, encontré abrazo, fortaleza y dirección. Y de ese encuentro nace esta reflexión.
Vivimos en una sociedad que no difiere demasiado de aquella en tiempos de Jesús: rápida para juzgar y lenta para mirarse con honestidad. Basta con observar cualquier conversación superficial en el plano social para notarlo. Las historias ajenas se convierten en tema central: errores, caídas, adicciones, fracasos, relaciones rotas, decisiones del pasado. Se habla de otros con morbo y una ligereza que contrasta con la dureza del juicio.
En lo personal, he aprendido a tomar distancia de esos espacios donde se habla de otros. No por superioridad, sino por conciencia. Porque sentarse en el lugar de juez revela, muchas veces, una incapacidad de reconocer nuestras propias fracturas y, sobre todo, de recordar la misericordia que hemos recibido.
Es precisamente en ese punto donde la historia de María Magdalena se vuelve profundamente actual. Su vida refleja a quienes han sido señalados, rechazados o definidos por su pasado. Y, sin embargo, como nos lo relata Juan, fue ella quien recibió uno de los mayores honores: ser la primera en ver a Cristo resucitado y llevar al mundo el mensaje más grande.
En el contexto de su época, esto resulta aún más revelador. Las mujeres no solo vivían bajo estructuras patriarcales profundamente desiguales, sino que su testimonio carecía de validez legal, ni era admitido en los tribunales religiosos o civiles. En ese tiempo, conforme a las normas vigentes, las mujeres no eran consideradas testigos válidos, quedando prácticamente invisibilizadas a nivel jurídico. Incluso los propios discípulos, en un primer momento, no creyeron en sus testimonios, pues culturalmente no eran aceptados ni en lo social ni en lo jurídico.
Si el objetivo hubiera sido garantizar credibilidad inmediata, lo lógico habría sido elegir a alguien con autoridad reconocida. Pero la lógica de Dios no responde a los criterios humanos. Sus leyes y principios no son de este mundo. Él no mira como nosotros miramos. Él ve el corazón.
No es difícil imaginar las reacciones de entonces: incredulidad, descalificación, burla. Y tampoco es difícil reconocer esas mismas actitudes en la actualidad. Seguimos invalidando mensajes según quien los emite, porque pocos pueden discernir su verdad. Cuando estamos dormidos espiritualmente, no estamos en capacidad de escucharlo porque no estamos viendo con los ojos de su corazón sino con los lentes humanos de las apariencias. Esa confrontación debe interpelarnos hoy, porque no somos tan distintos de quienes vivieron hace más de dos mil años.
Porque, si somos sinceros, todos hemos sido Pedro alguna vez, negando; como los apóstoles, huyendo por miedo; como Tomás, dudando; como Pilato, cediendo a la presión; como los fariseos, endureciendo el corazón; como los nazarenos, menospreciando; incluso como la propia familia de Jesús, cuestionando lo que no comprendía. Todos, sin excepción, hemos fallado. Por eso no nos corresponde juzgar ni menospreciar a otros: solo hay un Legislador y Juez, y esta verdad nos llama a vivir con empatía y humildad.
Hoy, más que nunca, debe interesarnos la mirada de Jesús por encima de cualquier juicio u opinión humana. Anhelo que Él me confíe, en este tiempo, algo del honor que otorgó a María Magdalena: que se me revele, que me permita llevar su mensaje, aun cuando haya quienes consideren que mi testimonio no es válido.
¿Alguna vez alguien te ha hablado de Jesús y no has considerado su voz digna de ser escuchada? ¿Has juzgado a otros desde un tribunal humano, desestimando sus testimonios como ilegítimos? Tal vez hoy sea momento de reconocer que Dios también puede estar hablándote a través de esas voces. Si guardas silencio para escuchar, podrías descubrir que su mensaje de gracia siempre fue más grande que el mensajero.
Recordemos que al final, Él es el único que ve el corazón. Y es su mirada la única que verdaderamente importa. Porque el único juicio que nos debe interesar es aquel que recibiremos cuando lleguemos a la vida eterna.
MG
Para profundizar: Juan 20:1; Juan 20:11-18; Mateo 7:1-5; Romanos 2:1-3; Romanos 14:10-13; Santiago 4:11-12)
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