El costo de hablar sobre Jesús
Hay muchas etapas a lo largo del camino que recorremos mientras conocemos, nos enamoramos y aprendemos a amar a Jesús. Cada persona tiene su propia historia. Algunos, como yo, escuchamos hablar de Él desde antes de nacer, mientras crecíamos en el vientre de nuestra madre. Otros lo conocen en la juventud, en la adultez o incluso en los últimos años de su vida.
Sea cual sea nuestra historia, cuando existe disposición en el corazón, esa relación invisible va creciendo, tal como sucede con cualquier relación humana. Con el tiempo madura a través de las experiencias de la vida: esa cercanía se vuelve más profunda, esa voz se escucha cada vez con mayor claridad y crece la demanda de alimento espiritual para fortalecernos cada día.
Ese fuego de hablar sobre Él ha estado en mí desde muy pequeña. Tal vez porque corre por mis venas. Mi abuelo, de 95 años, y mi padre, de 66, son ministros de la fe que predican todos los días. Mis abuelos maternos fundaron una iglesia cristiana en nuestra propia casa y, aunque ellos ya partieron a la presencia del Señor, la iglesia continúa activa después de más de 52 años. Mi madre, por su parte, ha dedicado toda su vida a grupos de mujeres que quieren conocer de Jesús desde que tengo memoria.
Pienso que el Espíritu Santo me ha concedido tener ojos espirituales, el mismo que mencionaba Pablo en Efesios, los cuales permiten entender realidades eternas. Se manifiesta cuando Él desea hacerse presente en la vida de alguien. De repente, coloca en mi corazón y en mi mente un mensaje específico para una persona. Con el tiempo he aprendido a no cuestionarlo. Simplemente lo entrego, aun sabiendo que puede afectar la forma en que otros me perciben o las opiniones que puedan formarse sobre mí. Incluso me ha ocurrido con personas que no conozco.
Vivimos una guerra espiritual constante, aunque no todos estén apercibidos de su realidad. Es una batalla que trasciende lo visible y se desarrolla tanto en nuestro entorno cotidiano como en el mundo digital. Por ello, como cristianos, no podemos permanecer pasivos; estamos llamados a estar vigilantes y disponibles para servir donde Dios nos envíe, ya sea en nuestras relaciones personales o en las plataformas virtuales donde también se disputan corazones y almas. Por eso, comparto algunas experiencias recientes.
Hace un par de meses sentí con mucha claridad que debía advertir a un buen amigo sobre la necesidad de acercarse más a Jesús, porque atravesaría situaciones en las que esa relación sería indispensable. Esta semana me contó que aquello se había cumplido. Sin entrar en detalles, su mundo, tal como lo conocía, dio un giro de ciento ochenta grados. Hoy se encuentra enfrentando ese proceso, y creo que Dios lo ama tanto, que lo estuvo preparando para aquello.
En mis redes sociales comparto diariamente mensajes de fe. No los publico al azar. Son aquellos que, al leerlos, siento que atraviesan mi corazón como una espada; mensajes que percibo claramente que el Espíritu Santo desea que comparta. No me detengo a pensar si me harán quedar bien o mal, ni si alguien creerá que estoy exagerando o que he perdido la razón.
Hace unas semanas sentí una fuerte convicción respecto a uno de esos mensajes. Horas después de publicarlo, un amigo me escribió para comentarme que había visto mi estado de WhatsApp. Me confesó que estaba atravesando pensamientos suicidas y que aquel mensaje había llegado exactamente en el momento en que lo necesitaba. Me dijo textualmente que Dios me había utilizado para hacérselo llegar. Al leer sus palabras, sentí un nudo en la garganta. Pensé en todas las veces que pude haber dudado en compartir un mensaje por miedo, por comodidad o por preocuparme demasiado por la opinión de los demás. En ese momento tuve claro que nunca sabremos hasta dónde puede llegar una palabra cuando Dios decide utilizarla para tocar un corazón.
También me ha sucedido con personas que no conozco personalmente. Desde hace años sigo una cuenta anónima en Twitter, dedicada principalmente a temas políticos y al anhelo de construir un mejor país. Era un usuario muy activo que se identificaba como cristiano y que con frecuencia compartía reflexiones sobre la realidad de la batalla espiritual que vivimos.
Un día, mientras leía una de sus publicaciones, sentí con claridad un mensaje para esa persona. Era algo que había escuchado recientemente y que volvió a mi mente con insistencia: Dios lo estaba llamando a convertirse en un soldado para Su Reino, a involucrarse activamente en los asuntos del Padre y a dirigir la misma pasión y determinación que demostraba en sus causas terrenales hacia la batalla espiritual por las almas. Incluso por aquellas personas que consideraba sus enemigos y sobre las que solía emitir juicios severos. Sentí que el mensaje era claro: así como había recibido misericordia, también estaba llamado a extenderla.
Le transmití el mensaje. Poco tiempo después dejó de seguirme. Probablemente lo incomodé. Me sentí muy triste. Pero aquella experiencia me recordó que no siempre estamos dispuestos a escuchar aquello que desafía nuestras convicciones o confronta las áreas de nuestro corazón que aún necesitan ser transformadas. Y eso me rompe el corazón.
En los tres casos que he relatado tengo la convicción de que el mensaje fue puesto por el Espíritu Santo. Sin embargo, depende de cada persona reconocer si Dios está hablándole, creer o no que ese mensaje proviene de Él, o permitir que un corazón endurecido se abra para escuchar.
Imagino que algo de ese mismo dolor debe sentir Dios cuando llama a las personas una y otra vez y ellas deciden ignorarlo. Nosotros podemos presentar el mensaje, entregarlo con fidelidad, pero el resultado final pertenece al libre albedrío que Él mismo otorgó a cada ser humano. Dios respeta nuestra voluntad, incluso cuando no lo elegimos. Nos consuela que podemos orar por la vida de ellos hasta que tengamos latidos en este mundo.
Esta semana, en mi grupo devocional de mujeres en el que predico, una de las participantes preguntó cómo podía descubrir su propósito de vida. La respuesta está claramente expresada en la Biblia: nuestro propósito es hacer discípulos.
A ellas les compartí que siento una profunda pasión por la vida y que eso me lleva a procurar la excelencia en todo aquello que hago. Sin embargo, mi identidad no está definida por esas acciones terrenales. Ser abogada, gerente de proyectos constructivos, productora de teatro musical, cafetera, son etiquetas que no me definen realmente. Si tuviera que responder por qué estoy en este mundo, diría que estoy aquí para ser un instrumento en los asuntos de mi Padre. Y los asuntos de mi Padre son las almas de las personas. Él las llama. Él las busca. Él las quiere para Su eternidad. Eso es lo que más me importa en esta vida. Y atender ese llamado tiene un costo.
Hablar de Jesús puede hacer que algunas personas piensen mal o hablen mal de ti. A veces se cierran puertas, incluso en el ámbito profesional. Hay amistades que se distancian y relaciones que cambian. En ocasiones, duele profundamente.
Pero también he comprendido que ese dolor nace porque aprendes a amar más a las personas, incluso a aquellas que no conoces.
Por eso no podemos dejar de obedecer el encargo que nos dio Jesús. Esto no se trata de nosotros; se trata de las personas.
Somos llamados a ser soldados espirituales que no se desaniman, que perseveran en anunciar el evangelio, superando el costo, el dolor y la incomodidad que puedan surgir en el camino. Para que cuando llegue el día en que podamos decir, tal como el apóstol Pablo: "He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe." (2 Timoteo 4:7)
MG
Para profundizar: (2 Timoteo 4:7-8, Efesios 1:18)
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