Me va, me va de Julio iglesias y los mensajes eternos

Esta publicación es muy especial. He comentado anteriormente que, para muchos, Dios utiliza la música como un medio de comunicación. Es necesario mencionar que se requiere discernimiento con rigor, desde una teología seria para reconocer Su Voz. 

Hace dos semanas me levanté escuchando en el oído la canción "Me va, me va" de Julio Iglesias. Me ha sucedido antes con otras canciones, aunque tampoco ocurre con frecuencia. Recordé a mi abuelita, que unía a la familia los domingos, y donde sonaba constantemente esa canción. Sentí que era una forma de recordarme como ella siempre vivía. La canción se trata de aprender a disfrutar nuestra vida independientemente de cualquier situación en la que nos encontremos, valorar lo simple por encima de las riquezas materiales o las apariencias superficiales.

Pero ayer tuve otra experiencia mucho más profunda, que me impulsó a compartir esto. Estaba trabajando cuando sentí el llamado de ir a hablar con Dios. Hice una pausa en mi día para darnos ese espacio, así que fui al lugar que tengo destinado para la oración profunda. Sin embargo, empecé a sentir un peso tan grande que tuve que detenerme por completo. No podía sostener mi cuerpo, así que me recosté, cerré los ojos y empecé a orar fluidamente. 

En ese momento entre dormida y despierta, como un sueño, me vi abstraída del mundo. Miraba desde el espacio exterior hacia la Tierra, al lado mío me acompañaba mi abuelita. Desde arriba todo era muy tranquilo, pero por el contrario el mundo parecía un lugar muy ruidoso. Se veían a lo lejos personas corriendo, lleno de gritos, ansiedades, afanes, ambición. Mi abuelita no habló con palabras, nunca escuché su voz. Pero comprendía perfectamente el mensaje que me transmitía: ¿si ves cómo se preocupan por temas banales, por lo qué harán el fin de semana, por el dinero que quieren obtener, por quién tiene el poder? Nada de eso importa, yo también viví, tuve hijos, nietos, bisnietos, pero la vida terrenal termina y nuestro cuerpo fallece. Todos lo harán. Pero lo que importa es el espíritu que permanece eternamente en esta quietud. Una paz imposible de describir.   

Ese mensaje coincidía plenamente con la prédica del domingo, donde nos preguntaron: ¿qué pasaría si vas al doctor y con seguridad te dijeran que solo te quedan 30 días de vida? ¿qué cambiarías? ¿qué harías diferente en cada día?

Tengo claro que debo escribir sobre este tema, y que servirá para muchos que lo lean. Quiero que sepas que he orado por ti, que no es casualidad que hoy estés leyendo estas palabras y hayas decidido tomarte unos minutos de tu tiempo. 

Honestamente, si supiéramos con certeza cuántos días nos quedan haríamos muchas cosas diferentes. Por eso te pido que en estas preguntas pienses en un escenario hipotético en el que solamente tenemos 7 días más porque nuestra vida en esta tierra está por terminar. En ese contexto, vamos a hacernos estas preguntas: 

¿Seguirías trabajando las mismas horas al día o continuarías con tu modelo de trabajo?

¿Pelearías por las mismas cosas?

¿Considerarías reconciliarte con esa persona? 

¿Gastarías el dinero de la misma forma?


Si realmente supiéramos que solo nos quedan siete días en esta vida terrenal, nuestra perspectiva sobre esta vida temporal cambiaría por completo. Nuestras acciones se encaminarían hacia lo eterno. 


Aunque sabemos que nuestro último día puede llegar de forma inesperada, la verdad es que nadie sabe ni el día ni la hora. Aun así, el ruido del mundo, las preocupaciones diarias nos saturan. Nos ocupamos en esta vida como si fuera la única, y poco a poco, dejamos de tener presente lo que viene después. 


Por eso quiero invitarte a preguntarte hoy qué es lo que está ocupando tu mente y tu atención, pero que no tendrá ningún impacto en la vida eterna. Empieza revisando tu agenda, ¿Cómo está tu día? ¿Cómo está tu semana? Hay quienes tienen la agenda llena de citas estéticas, fiestas o trabajo. ¿Dónde estás invirtiendo tu tiempo, tu dinero y tu esfuerzo? Revisa cuáles son hoy tus prioridades. Tal vez estás pensando únicamente en tu futuro aquí en la Tierra y en los próximos años: cerrar más negocios, conseguir el ascenso, obtener el reconocimiento, divertirte, comprarte una casa... Por eso quiero dejarte una pregunta que considero fundamental: ¿Qué futuro está gobernando tus decisiones? 


Ahí sabrás donde está tu corazón. 


La verdad es que cuando amamos a Dios, queremos agradarlo y hacer lo que Él quiere que hagamos. Cuando Jesús vino, elevó la vara del amor. Comprendimos que amar al otro no es una opción, sino un mandato. Y, si somos seguidores de Él, esto necesariamente debe reflejarse en la forma en que amamos a las personas, empezando por los de nuestra propia casa. No solo a quienes nos caen bien o piensan como nosotros, sino también a quienes son más difíciles de amar, incluso a aquellos que, entre comillas, parecerían no merecerlo. 


Este amor se ve visible por ejemplo, cuando le hablamos de Jesús a alguien más, porque queremos que todos conozcan las buenas noticias y sus almas sean rescatadas. Se manifiesta cuando somos misericordiosos con quién actuó mal. Y cuando comprendemos que, para Dios, las personas son lo verdaderamente importante, dejamos de aferrarnos a tener la razón y entendemos que las cosas nunca tendrán más valor que ellas. 


Hoy quiero invitarte a pensar qué cambiarías en tu agenda y en tus actividades si realmente honraras cada respiro de tu vida que Dios te ha dado. ¿Invertirías menos tiempo y dinero en mejorar tu cuerpo? ¿Dejarías de discutir por banalidades? ¿Estarías más presente con tu familia? ¿Buscarías ayudar a alguien que lo necesita? ¿Y si, en lugar de dedicar tiempo a señalar a otros, lo invirtieras en que más personas conozcan a Cristo? 


Si tienes claro que tu misión en la tierra tiene propósitos eternos, las decisiones de cada día comienzan a cambiar. Porque la eternidad no empieza el día que nos morimos. Comienza aquí en la tierra cuando esa verdad gobierna nuestras decisiones diarias. Y eso se refleja en tus prioridades, en tu agenda, y en la forma en que inviertes tu tiempo, tu dinero y tus capacidades. 


¿Qué vas a hacer diferente a partir de hoy que hará eco en la eternidad? ¿Qué tal si decides comenzar con pequeños actos de amor? Ser más generoso, más compasivo y más servicial con todos los que te rodean. Que tu hogar, tu tiempo, tus habilidades y aún las cosas más sencillas se conviertan en instrumentos del amor de Dios. 


Todos llegaremos a tener nuestro funeral, es solo cuestión de tiempo. Me gusta pensar que, en ese día, tal como sucedió con la discípula cristiana Tabita (Dorcas), de quien se habla en la biblia en el libro de Hechos, habrá personas que puedan decir: "Cuando nadie se acordó de nosotros, ella sí lo hizo". Porque quien vive con la mirada puesta en la eternidad deja huellas en cada persona que conoce. 


Habrá quienes sean recordados por los bienes que acumularon, por los títulos que obtuvieron, por el poder que alcanzaron, por haber sido personas de "bien". Pero también habrá quienes sean recordados porque abrazaron a alguien cuando estaba solo, dieron de comer al que tenía hambre, ofrecieron abrigo al que tenía frío o llevaron esperanza al que la había perdido. Porque vieron un pedacito del amor de Jesús en ellos. 


Cuando llegue ese día, ¿qué historias contarían sobre nosotros? Que nuestra vida se mida por la cantidad de personas que conocieron y experimentaron el amor de Dios a través nuestro. Porque cada pequeño acto de amor que hacemos aquí construye rascacielos en la eternidad.


La fotografía que encontré para este escrito es casi idéntica al sueño que tuve. Espero que este escrito te lleve allá arriba, donde se reconoce el ruido del mundo que tantas veces nos consume y se ve como realmente es, y donde la quietud de lo eterno ocupa el lugar que siempre debió tener. 


MG


Para profundizar:( 2 Corintios 5; 1 Timoteo 6:12; Hechos 9:36-42; Apocalipsis 19:7-8)





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