¿Y si esperar cambiara tu historia?
En la vida tomamos decisiones todos los días. Y, por cada etapa de nuestra vida, cada una de ellas va teniendo consecuencias más profundas. En la adolescencia y juventud temprana, cuando nuestros lóbulos frontales aún están en desarrollo, es cuando mayor riesgo existe de tomar el camino equivocado, la puerta incorrecta, dar un paso en falso. Algunas de esas decisiones te acompañarán toda la vida.
Hoy quiero dejar este escrito para que lo lean mis hijos y los tuyos, especialmente si están atravesando estas etapas. Irá dirigido a ellos, y le pido a Dios que les dé entendimiento y que estas palabras las guarden en su corazón.
Hijo, hija:
No puedo vivir la vida por ti. Como padres te guiaremos, te sostendremos y estaremos siempre para ti. De la misma forma en que nuestro Padre Celestial ha estado con nosotros. No hay nada que hagas que ocasione que dejemos de amarte. Te dejo estos consejos porque ya he pasado por el camino. Porque cuando tenía tu edad, también tenía guardados los consejos y las guías de mis padres y, aun así, los errores son parte de lo que es ser humano.
No se trata de ser perfectos, porque ninguno de nosotros lo es. Pero así como Dios anhela que toda persona se reconcilie con Él, que cada día nos acerquemos más a Él y permitamos que Jesús gobierne nuestras decisiones, como madre también quisiera que siempre escojas el camino correcto.
Pude equivocarme en muchas cosas, pero hubo una que sí considero que definió, en gran medida, las consecuencias de mi vida adulta, y de esa vengo a escribir: la decisión de no tener relaciones sexuales hasta el matrimonio. Y sé que esto es todo lo revolucionario y contracorriente que puede ser en nuestra cultura.
Habrás visto en películas, historias de amigos o amigas, que casi nadie espera hasta el matrimonio. Que tener relaciones sexuales es algo no tan sagrado, que puede ser con uno, con otro, casualmente o con quien te enamores. Pero hay quienes decidimos no pasar por esa puerta. Y sí, creo que puede marcar la diferencia en una relación de pareja. Te explico por qué.
Cuando nos enamoramos, no podemos pensar con claridad. Estamos llenos de un cóctel intenso de sustancias químicas naturales del cuerpo, como dopamina, oxitocina, adrenalina, noradrenalina, serotonina y feniletilamina. Es un estado de enorme intensidad emocional, que puede hacer que idealicemos a la otra persona y que nos cueste verla con objetividad. Y esto puede hacerse todavía más profundo cuando a la relación se añade la intimidad sexual, porque puede intensificar el apego y el vínculo emocional.
Eso puede llevarte a tomar decisiones con mayores consecuencias que cualquier otra: quién va a acompañarte por el resto de tu vida, si el yugo será desigual, con quién formarás una familia o, inclusive, cuánto dolor tendrás que atravesar si esa relación termina.
En programas de apoyo de la iglesia hemos visto estas historias una y otra vez. Algunas de ellas cuentan que quedaron embarazadas, no se quedaron con su pareja y el proceso fue muy doloroso; no fue la forma en la que querían empezar su familia. En otras, quedaron heridas emocionales profundas después de haber pasado por varias parejas sexuales, lo que les hizo más difícil encontrar claridad, poner límites y escoger bien. En todas estas historias hubo mucho dolor. El camino pudo haber sido más fácil, pero fueron logrando sanar poco a poco con Dios.
Quisiera poder evitarte una historia de esas, pero no puedo. Siempre será tu decisión. Por eso vengo a contarte, desde tu futuro, algo que pasó en mi pasado, para que lo consideres parte de tu vida en tu presente.
Haber esperado ha marcado la diferencia en mi vida. No significa que fui perfecta, ni que no me equivoqué en decisiones amorosas. Pero sí nos dio la lucidez para escoger en el momento adecuado lo que Dios tenía dentro de Sus planes.
Tuve muy pocos enamorados. Mirando hacia atrás, hubiese sido un error tener relaciones sexuales con aquellas parejas, y quién sabe qué resultados habría tenido si, además, hubiese quedado embarazada.
Luego, a los 25 años, conocí a tu papi. Tuvimos cerca de tres años de noviazgo antes de casarnos. No haber tenido relaciones sexuales marcó toda la diferencia. Durante ese tiempo, fueron bajando las emociones propias del enamoramiento, lo cual nos permitió analizarnos y escogernos con mayor claridad. Yo lo puse en manos de Dios y le pedí que me revelara si era la persona para mí, pues éramos muy distintos. Quería realmente seguir Su Voluntad, y me lo dejó claro en un retiro espiritual, unos meses antes de que me proponga matrimonio.
Durante ese tiempo, la vida de tu papi había dado muchos giros y se había encontrado con Jesús. Recuerdo ver en sus ojos el momento exacto en que supo que quería pasar el resto de su vida conmigo. Me miró y me dijo que había visto a Jesús en mí. Yo aún tenía que trabajar en mi corazón, en mi carácter y en mis acciones para aprender a vivir como una verdadera seguidora de Él, pero me había agarrado de mi Padre, y tu papi lo pudo ver.
Los frutos que crecieron y el pilar que somos hoy fueron algunos de los resultados de ese proceso. La relación fue madurando. Tu papi fue creciendo como ser humano, como profesional y como futuro esposo y padre, como ahora has podido experimentar lo maravilloso que es en cada uno de sus roles. Yo también fui sanando heridas profundas que tenía como consecuencia del divorcio de mis padres y otras experiencias dolorosas que me habían afectado mucho.
Con tu papi compartimos la verdadera fe cristiana, no la religiosa; la de verdad, la que vino a predicar Jesús. Y eso es muy difícil de encontrar. Cuando lo conocí, él ya había tenido un cambio en su manera de ver las adicciones, como las bebidas alcohólicas o las drogas, y por eso pueden ver en nuestro propio ejemplo cómo las consideramos. Tu papi sabe cuales son mis inseguridades y hace todo por darme confianza y hacerme sentir que soy la única mujer de su vida. Somos opuestos, pero nos complementamos. Por eso el yugo es tan ligero y el caminar, tan armonioso. ¿Tienen idea de lo difícil que es encontrar algo así?
Todo se hubiese complicado si hubiésemos cedido a tener relaciones sexuales. No hubiésemos podido saber cómo habría sido, pero creo que esperar nos permitió pensar con mayor claridad y construir nuestra relación sobre otras bases. Poder comprometernos con los pies sobre la tierra y apostar por que él sería el único hombre con quien compartiría ese nivel de conexión e intimidad, ha sido un fundamento y una base sólida en nuestro matrimonio.
En la parte espiritual, la Biblia nos enseña que existe una unión profunda entre el hombre y la mujer, en donde existe intimidad física, sexual y emocional. En Génesis se habla de llegar a ser “una sola carne”, y Jesús retoma estas palabras en Mateo 19:5-6 al hablar del matrimonio. Pablo también utiliza esta expresión al hablar de la unión sexual en 1 Corintios 6:16. Por eso, la intimidad sexual no es presentada en la Biblia como algo sucio o vergonzoso, sino como algo que tiene un lugar y un propósito dentro del diseño de Dios.
El camino más sano, para mí, ha sido poder formar este vínculo tan profundo, emocional y físico solamente con esa persona con la que voy a caminar toda la vida. No porque el sexo sea considerado como malo, sino precisamente porque es demasiado valioso como para vivirlo sin el compromiso y el pacto para el que Dios lo diseñó.
Para concluir, hijito, hijita: tú eres libre de tomar tus decisiones. Esta es una muy importante. Tu cuerpo es templo del Espíritu Santo, es sagrado, y hay que protegerlo y cuidarlo. No lo entregues por presión, por miedo a perder a alguien o para demostrar amor. Recuerda que es una unión que Dios diseñó para expresar un pacto.
Y si alguna vez te equivocas, recuerda también que Dios no deja de amarte. Siempre hay un camino de regreso, de arrepentimiento, de sanidad y de restauración.
Pero mientras tengas la posibilidad de escoger, recuerda esto: las cosas buenas llegan a aquellos que saben esperar.
MG
Para profundizar: (Génesis 2:24, Lamentaciones 3:25, Salmo 27:!4, 1 Corintios 6:17).
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